Mujeres s.XXI: preocupaciones y conflictos internos

¡Mujeres! ¡Conozco a unas cuántas! Hablo con más de una y de dos y de tres. Sé cuáles son las quejas habituales y las preocupaciones profundas de muchas de ellas, de nosotras. Entiendo a las mujeres de este tiempo, nuestro tiempo: bien informadas – mayorías de ellas luchadoras y conocedoras de su condición y sus derechos como nunca antes-, pero educadas por las generaciones precedentes. ¡Nos toca educar diferente! ¡Nos toca a nosotras, que ahora sí que somos mayoría!

No todas las mujeres somos iguales ni seguimos patrones idénticos, aunque las preocupaciones y las decepciones de muchas mujeres surgen del miedo a estar solas y del descubrimiento de que la búsqueda constante de protección -sobretodo afectiva- es generadora de frustración y malestar. Así empiezan nuestros primeros amaneceres propios. Amaneceres que surgen de la desconfianza adulta, crítica y racional de una persona que empieza a generar un centro de gravedad personal. En ese punto surge también, por añadidura, el miedo al compromiso. Una teme perder su potencial libertad quedando enjaulada en una relación llena de convencionalismos que no signifiquen ya nada.

Conozco mujeres que no se dan tiempo para renovarse o recapitular sobre sus necesidades emergentes entre una pareja y otra pareja sentimental, silenciando así una voz que emerge después de pasar página, silenciando dolorosos o, cuánto menos, molestos descubrimientos que la harían trascender el pasado de una educación más o menos coja, silenciando nuevas estrategias que siguen a la espera de ser expuestas ante una experiencia nueva e insospechada. Y conozco, asimismo, el polo opuesto: mujeres duras que dicen no necesitar a nadie y que son de chicle rosa, chicle azul, chicle dulce, mujeres que niegan sus necesidades afectivas por orgullo. Mujeres exitosas, triunfales, que salen adelante por sí mismas y no obstante siempre sentirán que les falta algo. Y no bajarán la cabeza por eso, porque esta es su autodefensa, y además -y lo saben bien- sirven de ejemplo a muchas otras mujeres que tratan de emanciparse.

En ambos casos no hay equilibrio, porque una persona se cierra ante las puertas que se abren, ante los mensajes que intentan comunicarle que algo no anda bien, porque transitar el miedo o la vergüenza supone el sacrificio inicial de reconocer que es posible mirar el mundo de otro modo y verse en él reflejada.

Esta consciencia es clave en nuestro tiempo, las mujeres nos damos cuenta de que tenemos ese conflicto o de que pasa algo que nos empuja en dos direcciones al mismo tiempo y que nos resulta muy difícil de gestionar. Así vamos dando vueltas a ese ciclo dual sin reparar en que falta un tercer elemento.

¿Recuerdas las famosas palabras de Antonio Machado?

<<Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar. >>

Hoy voy a darte mi versión de este poema, y lo voy a hacer en prosa y en femenino, para que entendamos qué podemos hacer y, que aquello logrado, será lo que verdaderamente seremos capaces de transmitir cuándo eduquemos a las próximas generaciones:

Mujer, tienes la pizarra delante y tienes la tiza al alcance, la pizarra está en blanco y la tiza está nueva, entera. Tu cabeza se pregunta cosas, divaga entre cuestiones fundamentales como si fueran arenas movedizas. Tu cuerpo parece una escultura de mármol, una escultura de mármol sentada en una silla delante de la pizarra. Y te dices… ¿Por qué esa pizarra sigue estando en blanco? Y yo te digo a ti ¿Quién crees que va a responder a esa pregunta? ¿A quién le preguntas? ¿Aún no sabes quién es la persona que tiene que escribir en esa pizarra?  Y tú dices con la cabeza baja: no. Y yo te digo ¿Quién te ha esculpido hasta ahora, Estatua?

Este fragmento es válido para cualquier persona pero lo dedico, en especial, a todas aquellas mujeres que han pasado gran parte de su vida, o están pasando un momento crítico esperando a que otros respondan sus propias preguntas. A todas aquellas que andan buscando en gestos ajenos, en pupilas externas, en palabras lanzadas como ladridos o como flores, aquella parte de si que las defina de forma segura.

Cuando te levantes y escribas en esa pizarra –que es tu pizarra-  obtendrás autoridad sobre ti misma y no se la cederás a otros. Y ¡Ay! Que bello, amiga, ¡Qué bello y qué grandioso! Ya no tendrás miedo a estar sola ni tampoco tendrás miedo al compromiso, y ¿Sabes una cosa? Ya no te llamaré estatua.

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