Hambre espiritual

Estamos rodeados de personas, personas que nos quieren y personas que no nos conocen. Vivimos en sociedad, en comunidades, en familias, pero el gran problema de nuestros tiempos es que vivimos los conflictos psíquicos en aislamiento.

No tenemos educación espiritual y todas las personas estamos echándola de menos, por eso enfermamos. No es más que una falta de gestión debida al desconocimiento general.

A muchos ya no nos sirven las religiones como ejemplo, ni como camino verdadero hacia la paz. ¡Estamos desencantados de rezar credos mutilados de espíritu! Palabras de otros, mandamientos dónde la música no suena, repetición del sinsentido que hace eco en cada individuo. Estamos desganados porque se nos pide entregar nuestra libido -energía vital- al patrocinio de leyes vacías y profundamente inútiles que postergan la lucidez de ideas. Tenemos valores, tenemos moral, pero todos andamos en busca de significados nuevos y, sobretodo, en busca de un sentido vital que nos falta.

Como podréis ver, no estoy de acuerdo con la insaciabilidad del hombre, con el deseo interminable que describe el psicoanálisis, con la idea poética de que la humanidad es fabricada por el universo con un hambre monstruosa infinita. Los poetas de verdad lo saben: una palabra basta. Lo que es infinito es el potencial humano -el cual está ahí latente- pero no su hambre. El hambre espiritual va en consonancia con las etapas que se van sucediendo, cada etapa requiere su alimento. Evidentemente si una persona no come en unas horas sentirá hambre, y si sigue sin comer durante un tiempo, seguirá sintiendo hambre. Es más, si el tiempo sin ingerir se prolonga mostrará signos de desnutrición, pero si come se saciará y de forma natural, cuando agote las reservas, volverá a sentir hambre. Es algo ecológico.

La idea que yo concibo y defiendo es que nos falta gestión. Simplemente nos falta gestión psicológica (para mí la psique engloba la parte cognitiva, las emociones y la consciencia corporal). Prueba de ello es el avance sin igual del conocimiento y de las ciencias a la vez que la pobre consideración por el desarrollo de las humanidades, y en consecuencia, de la consciencia. Es como si comiéramos pero jamás llegáramos a hacer la digestión. Nos sentiríamos llenos pero nos faltarían nutrientes y el cuerpo estaría en estado de demanda constante.

Un impacto emocional de calibre puede desequilibrar por completo incluso a la persona aparentemente más centrada, socialmente bien posicionada y de salud generalmente fuerte. Tenemos sed de contacto: contacto con la naturaleza, contacto con otros seres humanos, contacto con la propia voz interior. Contacto físico, sí, contacto intelectual, también, pero anhelamos constantemente el contacto completo: el que no permite que el dolor se silencie, el que acaso nos deja determinar con qué palabras nombraremos aquello que nos sucede para que podamos crear una auténtica experiencia y podamos vivir de ella, con ella y a través de ella.

Las pasiones, los pensamientos o los placeres intensos como experiencias individuales llevan una especie de existencia incierta y sombría hasta que se transforman, se deprivatizan y se desindividualizan formando una figura que pueda externalizarse y aparecer ante otras personas, puede ser ante un amigo, ante un grupo, ante un terapeuta o incluso ante todo un grupo social como sucede muchas veces a través de novelas u otras historias escritas y otro tipo de obras que exponen algo común pero desarrollado como idea por un solo hombre. No se trata de exponerse todo el tiempo o a la primera de cambio, sino de darse cuenta del papel de la externalización de los conflictos internos para poder sanarlos.

Para salir del aislamiento generalizado necesitamos que las personas conecten con sus emociones y que experimenten en primera persona cómo esto afecta a sus órganos al igual que a sus pensamientos. Es necesario ganar confianza en uno mismo y poder hablar de las cosas que dan sed al alma, ponerles nombre y encontrar otros caminos que recorrer, caminos que alimenten y liberen en lugar de esclavizarnos o dejarnos desnutridos.

Las personas que vivimos en contextos que no son de pobreza extrema somos unos privilegiados. No sólo tenemos herramientas, acceso a eventos, a bibliotecas, a personas que se hallan entre nosotros y son como grandes libros que han superado el etnocentrismo y el clasismo, sino que además podemos disponer de más recursos materiales para hacer realidad nuestros proyectos y, en general, lejos de conflictos sociales brutales. Nada es gratuito o fácil, pero si llegamos a tomar consciencia de ello, al abrir camino para nosotros contribuiremos, a la larga, a establecer un equilibrio cultural y económico general porque simplemente estaremos más sanos y no actuaremos desde la carencia.

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