El placer de desear

No existe una cura instantánea a nuestro malestar psicológico. Lo que nos va sanando es conectar con una actitud que nos acerque a identificar nuestros deseos, a conocerlos, a respetarlos.

El sinsentido, la apatía, el exceso, pueden ser experimentados como una pérdida, como un fracaso o como una ausencia de límites amenazadora. Hay muchas formas de malestar diferentes según la persona. El deseo puede reprimirse o volverse destructivo en una estructura depresiva, neurótica, psicótica u otra manifestación sintomática.

¿Por qué es tan difícil esto?

¿Por qué es tan difícil reconocer nuestros deseos y aceptarlos como propios?

Una explicación posible es que para acercarse a nuestros deseos más profundos hay que interpretar el inconsciente. Lo que sucede es que el inconsciente no puede atenderse mientras no nos permitimos dudar de nuestras creencias (sobretodo las que hacen referencia a nuestra imagen, a cómo nos percibimos) y poner muchas cosas en cuestión sobre nuestro mundo interno y sobre el mundo que nos rodea.

Tanto si inhibimos nuestros deseos o los evitamos, como si los perseguimos compulsivamente es posible que no seamos conscientes de todo lo que nos relaciona con ellos en un conflicto interior no resuelto, angustiante, que probablemente nos causa desajustes importantes en el día a día. ¿Seguimos nuestros propios deseos o creemos querer algo que en realidad nos es impuesto por una costumbre nunca cuestionada?

¿Qué actitud adoptamos con respecto a los objetos ideales propuestos por nuestros padres, nuestra educación, nuestra cultura, nuestra sociedad?

El deseo

Según el psicoanálisis el deseo es algo que nunca termina de satisfacerse del todo, esto explicaría por qué los humanos somos ambiciosos y siempre queremos más y más.

Una imagen ilustrativa de este aspecto es la de los amantes que después de hacer el amor encienden un cigarro (o beben una copa de vino, o comen algún capricho). Nunca hay suficiente para el deseo, pero el deseo es el motor de vida, es el río que hace que las cosas fluyan y que tenga sentido ir a dónde vamos o hacer lo que hacemos.

Pensamientos, fantasías, porqués, todo ello surge del deseo y es el deseo mismo el que hace que nos involucremos con la vida y que formemos parte activa en ella.

Un aspecto interesante y a veces desconocido del deseo, es que éste no siempre elige una persona como objeto; también puede elegir un tipo de sensación asociada a una actividad concreta. Muchas pulsiones quedan descargadas a través de la creación artística o del deporte por ejemplo, pero el deseo sigue siempre ahí, latente o expresándose de alguna forma, aunque haya habido una descarga de energía sexual.

¿Para qué sirve la terapia?

Lo que hacemos en terapia para que el individuo maneje mejor su malestar es abrir ese espacio en el que aún no sabemos explicar lo que nos pasa, para darle un significado. Esto lo hacemos conectando a la persona con sus deseos, de modo que pueda ver más claro por qué le pasa lo que le pasa. Cuando la persona es consciente y puede dar nombre a la experiencia que lleva en su interior, entonces es capaz de tomar una decisión, y es esa toma de decisión lo que la libera del malestar.

Obviamente esto conlleva un proceso de trabajo, y por eso no es posible aliviar del todo el malestar de una persona con una sola sesión.

Tanto si inhibimos nuestros deseos o los evitamos, como si los perseguimos compulsivamente es posible que no seamos conscientes de todo lo que nos relaciona con ellos.

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