Identidades: barreras y límites

Un límite define unas fronteras que separan lo que queda dentro y lo que queda fuera. Lo que aceptamos como realidad y lo que no, lo que estamos dispuestos a ver y lo que no, lo que nos permitimos dudar y lo que no.

Los límites:

Los límites aunque sean abstractos se hallan en nuestra mente y lo que hacen es definir unas fronteras que separan aquello que queda dentro y aquello que queda fuera de ellos.

En el contexto de la identidad y de las creencias definimos los límites como asideros, son asideros a nivel funcional porque son el lugar al que nos agarramos cuando no tenemos cómo explicarnos la realidad. Tal función es adaptativa ya que permite que nuestro sistema nervioso no se dispare como una central de alarmas ante cualquier circunstancia vital.

Los límites son necesarios, pues nos sirven para no quedarnos en el limbo o en una sensación de infinitud tan variable y cambiante que nos lleve a la locura o al delirio. El no tener límites puede estar relacionado con el vacío existencial y a la vez con los misterios de la vida, pero no es el equivalente del vasto espacio, inconmensurable, al que nos pueden llevar prácticas como la meditación y la consciencia lúcida del mundo tangible o no tangible.

Cuando hay ausencia de límites en la identidad y en las creencias, lo que puede suceder es que ello no nos permita tener planes de vida realistas o una idea sobre quiénes somos que nos resulte creíble a nosotros mismos y que nos regule, al menos de vez en cuando, permitiéndonos tener un lugar de reposo al que volver.

El no tener límites puede estar relacionado con el vacío existencial pero no es el equivalente del espacio inconmensurable al que nos pueden llevar prácticas como la meditación.

Los límites o la ausencia de ellos pueden ser perjudiciales cuando se desequilibra nuestro sistema de creencias, por ejemplo, pero también cuando inconscientemente dejamos de responsabilizarnos de nuestras propias vidas e incluso cuando asumimos más responsabilidades de las que nos corresponden para con los demás o en relación a lo que estamos preparados para soportar y llevar dentro o encima.

Lo mejor que nos aportan los límites es comprender que muchos de ellos son inicialmente inconscientes y que a medida que vamos profundizando en la auto-investigación vamos descubriendo nuevos materiales y colores de los que estamos hechos. Algunos límites que nos conforman no son necesarios, y nos habrán sido útiles a la larga mientras tengamos curiosidad por penetrar en ellos. Otros límites son absolutamente necesarios porque nos benefician aunque no lo sepamos, aunque lo más interesante de todos los límites es lo revelador que llega a ser a conocerlos cada vez mejor, porque ellos van dibujando lo que creemos que somos y, a la par, la consciencia real de lo que somos.

Poco a poco nos damos cuenta de que hay límites auto-impuestos y otros que son impuestos desde el exterior, y el llegar a conocerlos nos permite elegir cuáles conservar y cuáles no, y decidir voluntariamente qué hacer con ellos.

algunos límites a los que nos aferramos no son en absoluto necesarios, en cambio otros sí lo son porque nos benefician aunque no lo sepamos.

Me gustaría poner énfasis en que cuando no tenemos consciencia de los límites que forman nuestro sistema de creencias, esos límites suelen ser muy rígidos y no nos ayudan a evolucionar. Cuando ya los hemos empezado a experimentar sabiendo que los tenemos lo que podemos hacer es flexibilizarlos y permitirles que se expandan o se contraigan según las circunstancias. Este no es un proceso racional, una vez que ya se ha experimentado con la consciencia y uno ha tomado decisiones de forma reflexiva, el radar es la intuición, la confianza interior, y por tanto, la decisión que nos sea propia según el contexto. Con esto me refiero a lo que consideramos adecuado a nivel completamente subjetivo y libre.

Los límites deben tener siempre lugares abiertos para intercambiar con el exterior, no deben convertirse en duros muros fuera de un contexto que justifique esa rigidez, siempre han de dejar un espacio de tránsito… una oportunidad para poder llevar algo nuevo dentro y desechar lo que ya no sirve, y sobretodo para que las nuevas semillas se oxigenen, para que creen hijos amados y para que no se pudran.

Las barreras:

Por otro lado existen las barreras, o la resistencia. Una barrera sería cualquier obstáculo intrapersonal que se opone a la conducta natural del sujeto: conducta que le llevaría a hacer movimientos a favor de su objetivo y, en consecuencia, a vivir la vida en mayor plenitud.

Digamos que hay diversas fuerzas que habitan dentro del individuo, en este caso hablamos de fuerzas duales, contradictorias. De esas dos fuerzas una sería la que ‘desea’ y pretende hacer aquello que la lleve a cubrir sus necesidades y anhelos, y la otra (la resistencia) seria la oposición a la anterior: la que sabotea al yo para mantenerlo frustrado. Esta fuerza anti-yo se manifiesta para bloquear toda acción llena de vitalidad y aparece con la finalidad de que no llegue a transcurrir todo el ciclo natural del deseo hasta la culminación.

Si frustramos mucho al yo que desea, es natural que este se vuelva perverso y que una persona empiece a experimentar una neurosis o algún tipo de desorden interno: confusión, caos, miedo, falta de límites o exceso de éstos, etc.

La fuerza saboteadora del yo se mueve para bloquear la acción y para que no llegue a transcurrir todo el ciclo natural del deseo.

En el próximo post hablaremos sobre 5 tipos de resistencia porque quiero mostraros lo fácil que es identificarse con ellas, o verlas en algún ser cercano, en algún momento de nuestra vida.

Glòria Naranjo Muñoz // Salud · Bienestar · Cambio

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